Francis Lucille: Has hecho dos preguntas:
1. ¿Cómo salvo la (aparente) distancia entre una comprensión intelectual profunda de lo Uno, y mi incapacidad para realizar la verdad experiencialmente?
Encuentra a tu maestro/a. Si lo deseas, la vida lo/la encontrará por ti, y será el que encaje perfectamente. El o ella será un/a sabio/a cuya presencia revelará tu propia presencia y hará cantar a tu corazón.
2. ¿Cómo puede una emoción como el enfado, que es enteramente subjetiva en el sentido que es “sentida” o percibida por un individuo, surgir en la ausencia de esa persona?
En tu pregunta hay dos aspectos:
2.1 No hay una consciencia individual separada, a quien el sentarse o el enojo le pudieran ocurrir. Sea lo que fuere que es percibido, enfado o cualquier otra cosa, realmente es percibido por la única consciencia real que hay, que es universal y divina. Tampoco sería verdad mantener que el enfado le ocurre a la consciencia universal, igual que no sería verdad mantener que el fuego que tiene lugar en la película le ocurre a la pantalla en la que es proyectada. Como no hay una entidad real, personal o universal a la que pudiera ocurrir el enojo, el maestro que encontraste en Londres mantiene con razón que en realidad no le ocurre a nadie. Simplemente parece ocurrirle a un cuerpo-mente proyectado en la pantalla de la consciencia.
2.2 El enfado es el resultado de la frustración, una rebelión contra el flujo de las cosas. Esta reacción es un efecto secundario de la ignorancia, que es la creencia en ser un individuo separado, una víctima. En este sentido, el enfado no puede surgir en la ausencia de ignorancia, que se podría expresar, más o menos libremente, con la fórmula “Si hay enojo, todavía hay (la creencia en) alguien enojado”.
Las cosas se complican más cuando algunos pseudo-sabios intentan justificar sus arranques de cólera (un patrón de comportamiento que expresa su flagrante ignorancia) diciendo que “no hay nadie a quien ocurre el enfado”. ¡Qué conveniente! Siguiendo el mismo argumento podrían decir “no hay nadie que cogiera prestado tu dinero, por lo tanto no hay nadie que tenga que devolvértelo”, o “no hay nadie que durmiera con tu esposa, ¿por qué estás enfadado conmigo?” La verdad es que los sabios no se enfadan. Su ecuanimidad revela su realización. En raras ocasiones, pueden exhibir indignación, una forma de enfado impersonal, o irritabilidad como síntoma de agotamiento o enfermedad, pero nunca manifiestan la forma más común, enfado basado en la ignorancia.
Si un maestro intenta justificar su enfado utilizando la defensa de que “no hay nadie”, sal corriendo.
(Pasaje extraído del documento Preguntas-Respuestas disponible en “Descargas”).